viernes, 19 de diciembre de 2014

Jesús ayuda a los necesitados: Lección 13 del curso historia de la salvación

Al final del escrito el audio de este escrito

«Vengan a mí los que se sientan cargados y agobiados, porque yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí que soy paciente y humilde de corazón y sus almas encontrarán alivio. Pues mi yugo es bueno y mi carga liviana» (Mt 11, 28- 30). Con estas palabras de alivio Jesús se dirige a los más pobres y necesitados pues Él no es un juez enviado para dictar principios morales sino el hombre sensible y solidario a los más grandes problemas del hombre. A través de esta lección descubriremos su presencia amorosa en experiencia extrema como el hambre, el sufrimiento y la muerte; es allí donde Él se nos muestra atento y compasivo para dar el remedio definitivo a una completa salvación.

Empezaremos nuestra lección, rezando el salmo 112. En él se nos muestran las virtudes del hombre justo, imagen de Dios. El modelo de este hombre es Jesús el cual vino a ayudar a los menos favorecidos, prodigando milagros y reconfortando con su palabra; Él no es un hombre frío y sin sentimientos; pues más que ninguno sintió los sufrimientos y dolores de los que le rodeaban, cumpliendo la voluntad del Padre se empeñó en remediar sus males.

Después, hagamos la siguiente oración: «Te pedimos Señor, que vayas encarnando en nosotros tus mismos sentimientos de compasión, y nos enciendas en la caridad para que de ese modo demos testimonio de ti con las obras. Amén. (Padre Nuestro, Ave María y Gloria).

Comenzamos viendo el texto:

EL PRIMER MILAGRO DE JESÚS

Jn 2, 1- 11
Como preámbulo de su gran tarea evangelizadora, Jesús realiza su primer milagro en el ambiente festivo de una boda. Él no es un introvertido o un acartonado, sino un hombre de su tiempo que participaba de todas las costumbres de su pueblo. Esta señal milagrosa es el comienzo de los signos de Jesús que revelarían su Gloria a todo el pueblo de Israel y en especial a sus discípulos, los cuales se empezarían a dar cuenta de que en Él estaba el poder para hacer cualquier cosa.

Sólo había una persona que por conocerlo más de cerca intuía y adivinaba el poder de Jesús: Era María, su madre. Aparentemente ocupa el rol protagónico de este texto, pero ella misma se va a encargar de dar entrada para la intervención milagrosa de su Hijo. Lo importante es destacar la función de María que se presenta como la mujer atenta a las necesidades de los que la rodean pues tiene una visión de conjunto sobre todo y expresa lo que ve, sin ningún temor: «No tienen vino». Ella es la voz de los que no se atreven a reconocer las carencias y no se atreven a expresarlas delante de Aquel que puede remediarlas.

Como repetimos en la lección « ¿Quién es María?», la correcta devoción mariana siempre debe llevarnos a Jesús. Todos los santos fueron conscientes de esta eficaz intercesión. A propósito san Bernardo expresaba: «Si María sin ser rogada, acude al Hijo de Dios diciendo “no tienen vino” ¿Qué hará cuando se le ruega? Si esto lo hizo viviendo, ¿qué hará reinando en el cielo?»

Como observamos, la participación de María no se queda solamente en una observación sino se compromete mostrándose especialmente preocupada. María intuye que en Jesús está el poder de dar solución al problema: ¿Con la realización de un milagro? Es difícil saberlo, lo único cierto es que María tenía tal confianza en su Hijo que aceptaría su respuesta fuera la que fuera.

Muchas veces se ha preguntado: ¿Por qué Jesús no fue el primero en darse cuenta de esa dificultad de los novios?, ¿es que no estaba presente? María en cambio, está atenta a todos los pormenores de la fiesta. Como madre y mujer tiene esa delicada sensibilidad afectiva que le permite darse cuenta de las cosas, aun de los detalles. Este amor de María es también parte importante en nuestra salvación pues le comunica al amor del Padre, todos los rasgos afectivos maternales como ternura y proximidad afectiva. No es que el Padre no sea así, sino que precisamente quiso valerse de María para amarnos de ese modo. Se ha llamado a María, con mucha razón, el «rostro materno de Dios».

«Haced lo que Él os diga» (v. 5), es la voz segura de María que no sólo se conforma en reconocer las carencias y dificultades. A la hora que necesitamos los remedios, programas o hacer algo para solucionar los problemas, ella sabe a quién recurrir; por eso nos invita a aumentar nuestra fe y seguridad en Jesús. La certeza de Jesús es la única fuerza.

Mt 8,23- 27
Seguir a Jesús en su camino apostólico supone afrontar una existencia de riesgos, en la que muchas veces la confianza en Él nos abandona, pues somos «hombres de poca fe» (v. 26). Sin embargo nunca debemos olvidar, que a pesar de las crisis y las tormentas, Él está con nosotros, aunque ciertamente «esté dormido» (v. 24). Su presencia misma es la garantía de la Iglesia que nos hace sentirnos seguros en las dificultades.

Estos hechos nos demuestran que el poder de Cristo es el mismo poder de Dios. Jesús puede dominar la naturaleza; Él es el dueño de la vida y de la muerte, ¿a quién puede tener miedo el hombre que está con Él? ¿Qué necesidad tenemos de confiar en otras cosas sino sólo en Jesús? Sus palabras, « ¿por qué tienen miedo?» (v. 26) más que un regaño, alientan y confortan a todos los que trabajan por Él. Reconocer nuestro miedo y nuestra poca fe, es parte de la crisis que soporta el cristiano para lograr firmeza y seguridad en Cristo.

Hoy en día, la Iglesia se ve azotada por tormentas y ciclones que amenazan hundirla, filósofos y líderes religiosos pronostican la desaparición de la Iglesia Católica para el próximo milenio. Y no faltan católicos de poca fe, que por ignorancia y miedo deciden «echar el brinco» a otras barcas menos seguras, buscando así asegurar su vida. En concreto nos referimos a la nueva corriente espiritual denominada «Nueva Era», que se presenta como una oportunidad de que el hombre aproveche todo tipo de espiritismo, astrología, creencias y disciplinas orientales para sentirse a gusto, libre de sufrimientos y angustias por el futuro. Es un gran engaño y una falsa salida que a través de numerosos medios de comunicación pretende minar nuestra fe.

Este texto también nos presenta a la persona de Jesús con su doble naturaleza, la humana y la divina. Esta verdad es la fe que el cristiano proclama en el Credo dominical y que consiste en aceptar a Jesús como «Hijo único de Dios, engendrado no creado, de la misma naturaleza del Padre..., Dios de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero, que por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de la virgen María y se hizo hombre». Esto implica reconocer que Jesús como hombre experimenta al igual que nosotros las mismas necesidades (llora, siente compasión, se duerme, etc.) y como Dios, Jesús tiene todo el poder sobre la vida y las cosas creadas, lo demuestra realizando estos signos milagrosos, expresando una nueva ley, perdonando los pecados y presentándose como único camino de salvación. Lo decía san Clemente Romano en los inicios de la Iglesia: «Si Jesús no fuera Dios, sino sólo hombre, aunque fuera el mejor de todos, simplemente no podría salvarnos, ni podríamos esperar lo que esperamos de Él».

¿QUÉ ES UN MILAGRO?

Mc 5, 21- 43
Los dos milagros que encontramos expuestos en este texto, ensamblados en una misma historia, tienen muchos puntos en común y un mismo objetivo: Revelar el poder de Jesús e instruirnos al mismo tiempo sobre el poder de la fe para la realización de los milagros.

La Sagrada Escritura nunca se plantea a sí misma, el problema de los milagros como alteraciones extraordinarias de las leyes de la naturaleza. Ni quiere mostrarlos así porque no es su intención, ni podría, porque en tiempos de Jesús se desconocía aún el concepto moderno de la regularidad de las leyes naturales. Tampoco el creyente común pedía una explicación científica del hecho, más bien advierte y reconoce en aquella acción extraordinaria la intervención amorosa de Dios del mismo modo como para dos personas que se aman todo se convierte en signo de amor. Ambos conocen sus mutuos sentimientos, sin embargo, es necesario que de vez en cuando haya algo fuera de lo común o extraordinario (una rosa, una palabra o un gesto distinto) que signifique ese amor y que permita leerlo en los hechos de la vida.

Por eso los milagros, más que considerarse solamente como signos de la Gloria y el poder de Dios deben ser interpretados como esos hechos sorprendentes o fuera de lo común que el creyente interpreta como señales de la acción salvífica de Dios. Los milagros nunca hablan por sí mismos, sino en el fondo de Amor que les da sentido. Van ligados a la persona de Jesús, a su vida y a su enseñanza.

Podemos, no obstante, destacar dos intenciones principales: 1.- Mostrar la presencia del Reino de Dios. Dios no nos ama en lo abstracto, sino en el momento y en las realidades presentes para confortarnos en la lucha por el Reino. En este sentido los milagros representan gran ayuda para los «hombres de poca fe» que se sienten animados para seguir adelante. 2.- Los milagros también tienen un fin pedagógico, es decir, son una muestra o imagen de lo que Dios pretende con cada uno de nosotros. A saber: La salvación integral de la persona para que goce junto con Él de toda su Gloria.

El que Jesús, en algunas ocasiones, se haya negado a realizar milagros o a que fueran revelados a los demás, se explica, porque Él nunca quiso que nada quitara, mal interpretara u oscureciera la fuerza de su Misterio Pascual que expresaría plenamente el sentido de su misión. Jesús no es un médico o un banco, sino el Hijo de Dios que con su resurrección abre las puertas de la salvación a todos los hombres. Es por esa misma razón que la fe no puede quedar condicionada a los milagros y prodigios sino debe estar fundamentada en la seguridad de la victoria de Cristo sobre la muerte y el mundo. Aunque para la realización de estas curaciones como leemos en las Escrituras hace «falta tener fe» (v. 36).

Mc 2, 1- 12
Con este milagro Jesús demuestra una vez más que la salvación ha comenzado ya a realizarse sobre la tierra. Esta salvación debe de entenderse en toda la extensión de la palabra, es decir, una salvación integral (es interesante observar, que Jesús primero perdona los pecados y luego sana al paralítico). Él nos demuestra de palabra y de obra porque es poseedor del mismo poder divino (perdona los pecados, revela su identidad de Hijo de Dios y realiza las obras que lo confirman).

Conviene destacar el v. 5 «Cuando vio la fe de esta gente, Jesús dijo al paralítico: “hijo tus pecados te son perdonados”». En el que se destaca la fe de los amigos como decisiva para la realización del milagro. Esto viene a cuestionarnos sobre la responsabilidad en la salvación de los que nos rodean. La fe de los fuertes sostiene a los débiles y anima a los incrédulos a hacer su propia experiencia de fe. El hombre de fe está consciente de su gran responsabilidad. «Nuestra respuesta generosa a Dios es prenda de seguras bendiciones para los hermanos» (czo. 679).

Mt 14, 13-21
Otro gran milagro de Jesús fue la multiplicación de los panes, con el cual quiere demostrarnos que a todo aquel que le sigue por sus caminos difíciles y fatigosos no puede faltarle nada. Como hombre, él ha experimentado mejor que nadie nuestras carencias y necesidades, por ello se conmueve ante el sufrimiento de sus seguidores.

Encontramos en este texto una muy grande enseñanza para nuestra vida ya que a través de este hecho prodigioso nos presenta una imagen de la Iglesia, es decir, la comunidad que sigue a su Pastor hasta los pastos frescos y al mismo tiempo nos da un adelanto de lo que será el misterio Eucarístico, porque Jesús utiliza palabras parecidas a la consagración: «Tomo los panes, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición y los partió y los dio a sus discípulos» (v. 19).

En este caso, el pan material que Cristo reparte hasta saciar a toda la multitud, es signo del alimento espiritual eterno e inagotable que es la Eucaristía. Hoy, como durante toda la historia de la salvación, Dios salva a su pueblo, «su Iglesia», de morir de hambre. Jesús mismo se nos da como pan para que podamos seguir en el camino. La situación hoy en día es aún más delicada en tanto que el pueblo ya no siente siquiera «hambre de Dios». A fuerza de no probar el alimento ha caído en ese estado propio del desnutrido que no siete deseos de recibir el alimento que lo nutra y cree satisfacer el hambre llenándose de chatarra y golosinas. Pero Dios, manifiesta nuevamente su providencia a través de hombres y mujeres generosos que se conmueven, al estilo de Jesús, ante esas grandes carencias de los pobres.

El milagro de la multiplicación de los panes también nos anima a poner en Cristo toda nuestra confianza, pues nos recuerda que buscar el Reino de Dios, se nos da lo demás por añadidura y a veces como en el caso de este prodigio también es «de más», como para confirmarnos en su palabra «No tienen necesidad de irse».

EL GRAN MILAGRO: LA RESURRECCIÓN

Jn 1, 1- 44
El último gran milagro de Jesús en el evangelio de san Juan encierra un gran simbolismo y enseñanza para todos los cristianos. En él, Jesús se revela como el Dador de vida y el vencedor de la muerte: «Yo soy la resurrección y la vida, el que crea en mí aunque muera vivirá» (v. 25). Obviamente, estas palabras no se refieren a una prolongación de la vida terrenal sino a la vida eterna que Jesús nos dará para estar en la presencia del Padre.

Las más duras realidades de la existencia, el sufrimiento y la muerte, le descubren al hombre su impotencia y sus límites. Ningún hombre por magnánimo que parezca puede prolongar su vida o esquivar el sufrimiento. Lázaro personifica al hombre que pasando por ambas realidades experimenta la salvación de Cristo. Esta salvación es, en realidad, una transformación de nuestra persona para la vida eterna. Tal transformación es el objetivo que Jesús pretende de todos los creyentes y empieza, cuando el hombre de fe decide cambiar de vida y abrirse a la gracia que nos viene de Él.

Cristo ha utilizado este milagro para explicar este otro «Gran milagro» que ocurre con mucho más frecuencia. Nos referimos a la conversión del hombre, de la cual Lázaro también es ejemplo. Aquél que se entrega a Cristo, ya ha pasado de la muerte a la vida y por eso nunca morirá. Esto sucede hoy, cuando el hombre muerto en el egoísmo, los vicios y los placeres, por intervención de Dios, cambia su actitud ante la vida.

Nunca debemos caer en la trampa de condicionar nuestra fe a la realización de los milagros, ni mucho menos pedir al Señor acciones prodigiosas como demostración de su existencia. Jesús condenó esta actitud es sus seguidores después del milagro de la multiplicación de los panes. «En realidad, ustedes no me buscan por los signos que han visto, sino por el pan que comieron hasta saciarse» (Jn 6, 26). Es mejor afanarse por lo que permanece y da la vida eterna y no las cosas pasajeras. Cuando uno ha cobrado conciencia de esto, no hay cosa más importante que morir para vivir. Santa Teresa de Jesús, así también lo expresaba al decir: «Más que andar preocupados en cómo vivir, deberíamos andar preocupados en como morir».

Los Misioneros Servidores de la Palabra, hemos sido testigos de muchos casos de verdadera Resurrección. A las palabras de Cristo: «Levántate», «Desátenlo», y «Sal fuera», muchos hombres han dejado su vida pecaminosa y superficial, otros más, ateos sin escrúpulos y sin sentimientos han transformado su corazón de piedra en uno de carne. ¿Habrá mayor milagro que éste?

TAREA mandarla al correo:

1.- Cita por lo menos 5 textos bíblicos en los que se refleja la naturaleza humana de Jesús.

2.- De acuerdo a la lección ¿Cómo definirías un milagro? y, ¿qué pide Jesús para realizarlos?

3.- Para investigar: ¿Desde cuándo y en qué modo la Iglesia declaró como verdad que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre?

4.- ¿Crees que la divinidad de Cristo oscurezca su humanidad?


5.- ¿De qué manera Jesús ayuda a los necesitados?



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